Cuando se habla de proyectos e inversiones hay un factor siempre presente que puede examinarse de muchas formas: el tiempo. Se necesita cierta cantidad de tiempo para poner en marcha y desarrollar un proyecto, y se invierte para obtener unos beneficios en algún momento del futuro y esto puede cuantificarse en meses, años o décadas. Se suele parafrasear a Einstein diciendo aquello de que «el tiempo es relativo», pero más allá de ser una expresión ingeniosa es cierto que distintas personas tienen distintas formas de percibir el tiempo. Lo que para algunos es un pequeño proyecto para un año para otros puede ser una eternidad – algo que además varía a medida que envejecemos y el tiempo parece pasar más despacio.

Hay algunas cuestiones relativas a esa relevancia del tiempo que resulta interesante mencionar:

Corto plazo, medio plazo, largo plazo. Son expresiones comunes pero que realmente no tienen un valor preciso definido. Dependiendo del proyecto o inversión el corto plazo pueden ser semanas o meses; el medio plazo varios meses o algunos años; el largo plazo a partir de un año o a partir de cinco o diez. Hasta eso es relativo y depende de con quién se debata. Pero casi todo el mundo coincide en una cosa: en el mundillo de las startups, especialmente las tecnológicas, el tiempo se comprime. Esos plazos tienden a ser más cortos y de hecho las famosas empresas aceleradoras se llaman así porque tienen el factor tiempo como premisa. En cuanto a las inversiones en nuevos proyectos estos plazos son más parecidos a los que puede tener un inversor particular en bolsa: menos de un año para el corto plazo, de uno a tres para el medio y de tres en adelante para el largo plazo.

El tiempo y la recogida de beneficios. Es importante tener claro cómo se han planteado los plazos en los proyectos de la startup para saber cuál será el ritmo de recogida de beneficios esperado – lo contrario puede resultar tan frustrante como contraproducente. Si una startup va a perder dinero durante uno o dos años para luego dar beneficios de cierta entidad es difícil que lo haga en 6 meses en vez de 24 «mágicamente». Cuando esto no está claro puede ser un punto de conflicto entre los fundadores e inversores, así que mejor tenerlo claro desde el principio.

El «coste de oportunidad» y el tiempo. Los economistas definen el coste de oportunidad como aquello a lo que se renuncia cuando hay que elegir entre varias opciones: algo así como el coste de lo que no se ha elegido como posible inversión cuando hay varias alternativas posibles. Ese «no hacer algo» tiene un valor difícil de calcular porque suele ser subjetivo e influyen conceptos como la utilidad, el riesgo o el rendimiento esperado. Por ejemplo, al elegir entre comprar por 20.000 euros un coche nuevo ahora o invertirlo en bonos que producirían un 10% al cabo de cuatro años se renuncia a 2.000 euros a cambio de disfrutar de un coche ahora y no dentro de cuatro años – y hay quien preferirá una cosa o la otra. El tiempo suele ser un factor clave en esa valoración: ¿compramos ahora un televisor o esperamos un mes a ver si baja de precio? (el coste de oportunidad para disfrutar de tele nueva hoy sería la diferencia entre el precio actual y el rebajado). Esto se vuelve más y más crítico cuando las inversiones son mayores: ¿Contratamos ahora a una programadora de primera categoría o nos arriesgamos a no hacerlo y no poder contratarla en el futuro? ¿Adquirimos acciones de la empresa ahora en esta ampliación a determinado precio o esperamos y quizá tengamos que pagar el doble el año que viene? Son dilemas difíciles que conviene estudiar con buenos números y detenimiento.

El tiempo no siempre se puede «comprar». Un proyecto puede acelerarse contratando más empleados (programadores, diseñadores, vendedores), contando con más recursos técnicos (mejores comunicaciones, servidores, locales, etc.) o incluso lanzándolo en muchas ciudades o regiones a la vez (provincias, países, mercados internacionales). La clave es que hay muchos procesos que se pueden desarrollar en paralelo, y en estos casos contar con más recursos permite acelerarlos. Pero esta paralización tiene un límite. Como suele decirse: «una mujer puede tener un bebé en nueve meses, pero no se puede hacer que nueve mujeres tengan un bebé en un mes.» La clave está en saber qué se puede hacer en paralelo y en qué no, y en delegar esas tareas si se quiere ganar tiempo – ya sea contando con más equipos internos o externos para programar, diseñar, montar una oficina o gestionar la creación de una marca. Entre lo «no paralelizable» suelen estar los desarrollos estratégicos y del plan de negocio, los prototipos o los productos que dependen por alguna razón específicamente a alguna persona – cuyo tiempo y dedicación pueden «estirarse», pero no indefinidamente.

Alternativas. A pesar de lo mencionado en el punto anterior, muchas veces existen alternativas ingeniosas para los problemas que parecen irresolubles cuando el factor tiempo es crítico. Por ejemplo, alguien mencionó una vez que la alternativa a «tener un bebé en menos de nueve meses» (algo no paralelizable con nueve mujeres – y perdón si el paralelismo es un poco «raro» y forzado) era simplemente «adoptar un bebé». En los negocios muchas veces hay situaciones en las que las soluciones alternativas –lo que algunos llaman out of the box– son viables: no se puede competir en lanzar un producto antes que la competencia – pero quizá se pueda pivotar y adquirir a la competencia (y sus productos o equipos) como alternativa viable. Quizá no se llegue a tiempo para lanzar un producto en una feria del sector, pero se puede lanzar una versión beta, organizar una preventa o algo similar.

En definitiva, al tener en cuenta el factor tiempo en los proyectos e inversiones conviene tener claro la escala a la que van a suceder las cosas (plazos, retorno de inversión), ese «coste de oportunidad» que siempre aparece cuando hay que tomar decisiones y la posibilidad de paralelizar o encontrar alternativas para «ganar tiempo al tiempo» – algo siempre es deseable, pero no siempre fácil.

{Foto: Andrew Seaman @ Unsplash}


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