En el reparto urbano de paquetes el tiempo de entrega ya no depende tanto de la distancia desde el centro de distribución o las tiendas como de lo que ocurre desde «la zona de descarga para adentro»: encontrar el portal, el bloque, esperar al ascensor y subir hasta la puerta del destinatario. Hay estudios que muestran que esos «últimos 20 metros» pueden hacer variar el tiempo de entrega según diversos factores.
Lo habitual de estas situaciones en las ciudades más densas hizo que un grupo de ingenieros lo investigara y publicara sus conclusiones en un trabajo titulado Modeling and solving the time-dependent in-building delivery problem in last-mile logistics, con idea de modelar y resolver esta situación de la conocida «última milla» de las entregas y el problema de las entregas en tiempos razonables dentro de los edificios. Las alternativas como las taquillas y puntos pick-up resuelven parte del problema, pero la «logística vertical» de algunos edificios sigue siendo de todo menos sencilla.
Un recorrido de reparto con un toque paradójico
En el reparto urbano hay una paradoja poco intuitiva que pocos conocen a menos que se dediquen al negocio: el tiempo de entrega no siempre depende de los kilómetros totales recorridos, sino de lo que ocurre en el final del trayecto. En las ciudades con mayor densidad de población, el verdadero cuello de botella empieza tan pronto como se aparca la furgoneta. A partir de ahí, entran en juego factores como los portales, accesos, escaleras… y, sobre todo, los ascensores. Las urbanizaciones cerradas son todo un mundo, y a veces los sistemas de patios o de numeración de las viviendas son delirantes.
En edificios grandes, oficinas y centros comerciales aparece otra capa de dificultad: hay muelles de carga, accesos de servicio, seguridad, tornos, recepción y normas internas. Una entrega aparentemente trivial puede acabar convertida en una pequeña expedición vertical. Tan es así que a todo esto también se le ha puesto un nombre: The final 50 feet, que en sistema métrico podríamos redondear a «Los últimos 20 metros» como idea equivalente.
La solución: calcular cómo es el reparto óptimo
Los investigadores analizaron todo el proceso, incluyendo los desplazamientos en horizontal (portales, pasillos) y vertical (ascensores, escaleras) que convierten algunos edificios en auténticos laberintos. También tuvieron en cuenta los tiempos de espera: llamar a los destinatarios a los videoporteros, identificarse y esperar a que abran (a veces más de una vez, en dos puertas distintas). El tiempo de entrega para el reparto dentro de un mismo edificio puede variar de los momentos más tranquilos a los de mayor actividad entre un 15 y un 30 por ciento dependiendo del «tráfico interno», algo que es completamente independiente de la ruta exterior.
Su conclusión para resolver la situación es clara: la ruta de reparto no debería terminar en la puerta del edificio; debería continuar matemáticamente dentro de él. En ese algoritmo matemático o «Google Maps» del interior de los edificios habría que considerar:
- Dar por hecho que el tiempo para moverse en un edificio no es fijo.
- Modelar explícitamente los ascensores (esperas, subida/bajada, colas, horarios).
- Calcular rutas internas óptimas.
- Aplicar algoritmos aproximados, porque la solución perfecta es computacionalmente compleja.
- Integrar el edificio en la planificación del reparto.
- Elegir el momento ideal para entrar en los edificios.
De este modo, tratando el edificio como algo dinámico y «optimizable» esos últimos 20 metros los repartos se vuelven algo más predecibles y planificables dentro de los trayectos completos que los paquetes han de realizar.
Los ascensores: un mundo con sus propias reglas
Quizá los más llamativos de estos espacios de micro-movilidad sean los ascensores. En los edificios altos, el ascensor se convierte en un recurso compartido con sus propias reglas: tiempos de espera, saturación, trayectos no directos… Hay incluso investigaciones que plantean soluciones alternativas porque la «logística vertical» (subir paquetes) se ha convertido en un problema en sí mismo.
Los ascensores pueden además ser un obstáculo en ciertos edificios según el tamaño o volumen de los paquetes. Aunque los ascensores modernos son espaciosos, los más antiguos no ofrecen a veces más alternativa que subir las escaleras. Y lo mismo sucede en los edificios antiguos donde nunca se ha instalado un ascensor y los vecinos se pasan el día subiendo y bajando… igual que los repartidores de comida y las empresas de paquetería.
Un poco de ayuda no viene mal
Además de las taquillas comunes o los siempre atentos conserjes que hacen muchas veces de receptores de los paquetes, en los edificios o urbanizaciones con accesos enrevesados suelen ayudar mucho las instrucciones que el destinatario pueda indicar en el envío. Por eso añadir ideas sobre qué entrada usar, dónde está exactamente el portal o cómo es más fácil acceder al ascensor es siempre bienvenido y una ayuda para todos los implicados, lo que mejora los tiempos y ahorra entregas fallidas.
Todo esto lleva a una conclusión bastante clara: en muchos casos, los últimos 20 metros pueden ser más lentos que los últimos 2 kilómetros. La calle ya no es el principal problema; el edificio lo es. El uso de taquillas comunes y puntos pick-up puede aliviar esta situación, de ahí que cada vez sean más populares.

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